viernes, 08 de septiembre de 2006
Por J. Manuel Areces

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Para el profano que lee la prensa diaria da la impresión, que las naciones unidas son un organismo humanitario que está evitando gran parte de los conflictos de la tierra, gracias a la propaganda de los gobiernos parece que el envío de misiones de paz es precisamente eso; una garantía de paz y estabilidad gracias a ese gran Leviatán internacional.

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La realidad es que allá donde aparecen tropas de la ONU, sometidas generalmente a mandatos ambiguos, con tropas enviadas por países que no quieren bajas propias y sin una misión clara y eficaz; se prolonga el conflicto inevitablemente, mueren soldados y civiles, y desde luego no se resuelve nada. Cuando se recurre al uso in extremis de la fuerza militar, precisamente es para eso, para ejercer la fuerza, pues la diplomacia ha fracasado, el objetivo es lograr el fin de la violencia entre ambas partes mediante la interposición de unidades militares con mayor capacidad de fuego que los contendientes. Esa es la teoría, la realidad es que las misiones de los cascos azules son ineficaces, carecen de recursos suficientes, no disponen de reglas de combate y son extremadamente caras. Curiosa la diferencia entre algo que es caro y la falta de recursos, esto se debe a que la ONU es un mercadillo persa en el que los funcionarios internacionales, los delegados y hasta el hijo de Kofi Annan, se forran a base de bien con los contratos de compra de víveres y otros suministros, las soldadas y quien sabe que más. El negocio de la guerra amparado en la corrupción política se conoce fielmente ya en tiempos de la república francesa, donde los políticos de lustre como Fouché, Sieyes o Tayllerand se forraban con los contratos de suministros a la Armé para disgusto de Napoleón, que bramaba al ver el estado de su ejercito de Italia, sin botas, ni suministros, peleando en las peores condiciones.

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Hoy asistimos a una gran discusión sobre la conveniencia de enviar tropas al Líbano, para ejercer de fuerza de interposición en la frontera del país de los cedros, entre un ejercito de un país democrático como es Israel, y una facción ultra religiosa controlada por dos potencias extranjeras, Irán y Siria. Esta fuerza no cuenta más que con un mandato de naciones unidas de lo más insustancial (claro producto de la diplomacia Light made in ONU), que no se atiene a la raíz u origen del conflicto: Israel lanza una serie de ataques contra Hamás y Hezbolá a causa del secuestro de soldados israelíes, asimismo se busca desarmar a la guerrilla libanesa, que dispone de un amplio arsenal de armas de medio y largo alcance, con las que bombardea periódicamente el territorio soberano de Israel. Esos, y no otros, son los hechos.

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Esta y no otra es la causa más inmediata y evidente del conflicto, que inevitablemente implica a la población libanesa, pues entre ella se esconden estas facciones terroristas, y un ataque contra ellas supone irremediablemente que se produzcan bajas civiles. Por cierto, otra de las cuestiones que originan precisamente este conflicto es el hecho de que Siria e Irán no aceptan que el gobierno Libanés hubiese escapado del protectorado Sirio, y estuviese reestableciendo la estabilidad y la autonomía en su territorio, posiblemente, y de hecho, los ataques de Hezbolá, que es un gobierno autónomo dentro del territorio Libanés, busquen tomar el control absoluto del país, de esta manera se justificaría el efecto dominó de las provocaciones de los yihadistas: Un ataque a Israel supondría su inmediata respuesta, el pueblo del Líbano se uniría entorno a la bandera de Hezbolá, que actúa como ejercito defensor de la soberanía nacional, y se debilita el gobierno moderado democráticamente elegido, consecuencia: Hezbolá incrementa su poder y se hace con el gobierno del país y decanta la balanza estratégica regional a favor de Irán o Siria (este asunto es el mismo que está en debate en Irak: el día después a la retirada de la fuerzas americanas).

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En el contexto estratégico regional debemos buscar a las potencias con ambiciones imperialistas, y no podemos encontrar otra con más fuerza, recursos y doctrina, que el estado teocrático iraní. La aspiración iraní a convertirse en potencia nuclear no es con motivos defensivos, sino de ambiciones claramente hegemónicas. Irán lleva décadas intentando expandir la Yihad y su forma de gobierno a todo el Islam. En sus inicios ha utilizado como fuerza militar a las unidades terroristas financiadas por los ayatolás, generando conflictos de baja intensidad, para cercar, por una parte, a su gran enemigo, Israel, y para derrocar, por otra, a los gobiernos moderados de la región, pugnando, en los años 80, por otra parte con su principal rival, Irak, por la supremacía militar.

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Hoy en día con un Irak débil, y a la espera de la retirada de las fuerzas angloamericanas de su territorio, Irán va tomando posiciones para ejercer su influencia, y de paso, acelera su programa nuclear para disponer del armamento necesario en su arsenal con el que derribar la siguiente pieza, Israel, y poder actuar disuasivamente ante Pakistán e India.

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Con dos satélites como pueden ser Irak, con importantes fuentes de riqueza y un amplio territorio que aporta el control del mar rojo y las fronteras con Jordania, Siria y Turquía, solo falta añadir el Líbano con una puerta abierta al mediterráneo oriental (y una daga en el cuello de Israel. En este contexto Irán se convertiría en una superpotencia, con territorio, recursos materiales, población y fuerza nuclear con capacidad para amenazar desde su territorio a más de un estado débil que caería como una ficha de dominó, en menos que canta un gallo ante la más ligera presión.

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Bien, pues en este avispero se sumergen las fuerzas que van a reforzar la frontera Libanesa, incluidas las tropas españolas, fuerzas que van con un etéreo perfil pacificador pero sin un objetivo político claro, y no puede desplegarse un ejercito sin unos objetivos político-estratégicos bien definidos, esto solo conduce al fracaso y a la muerte segura de elementos de dichos contingentes. No olvidemos que en los años 80, el Líbano era un avispero de milicias en conflicto que costó a Franceses y norteamericanos bajas tan costosas que optaron por retirarse del territorio. Parece que la experiencia histórica no importa a los gobiernos europeos, que vuelven a tomar partido enviando a sus tropas sin unas reglas de enfrentamiento claras y con un mandato carente de sentido. Hezbolá utilizará el escudo de estas fuerzas a su antojo para rearmarse de sus tan preciados cohetes, e Israel a la primera de dudas reaccionará como está escrito, pues lleva casi sesenta años defendiendo su derecho de existencia, en una guerra sin fin, y conoce bien el paño de la región.

Se busca por tanto el fin de las hostilidades, pero sin aportar medidas políticas decisivas, y se pretende regresar al antiguo statu quo, fin que obviamente no interesa a ninguna de las partes, sobre todo a Israel que seguiría con la espada pendiendo sobre su cabeza. Nada se ha dicho de desarmar a Hezbolá (que por cierto está en la lista europea de organizaciones terroristas, como Hamás), ni de frenar el envío de armas por parte de Irán (que curiosamente está salvando su programa nuclear gracias a esta crisis) o la influencia de los servicios secretos sirios en los atentados contra políticos moderados libaneses. De eso nada se ha hablado, por tanto nos encontramos con una misión de la ONU vacía de contenidos y que, como es tradición, nada va a solucionar.

A nadie se le ocurre pensar que la ONU lleva presente en el escenario décadas y que nada se ha logrado, ¿Por qué ahora sí?. Y por cierto Sr. Zapatero, sí vamos a una misión de guerra.
Publicado por Desconocido @ 11:07
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