sábado, 08 de abril de 2006
Entrevista a Stanley G. Payne
`Dar la mano a ETA es casi una traición´
Considerado uno de los hispanistas contemporáneos más destacados, especialista en la época más traumática de la historia de España, Stanley G. Payne es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Wisconsin-Madison (Estados Unidos). Acaba de presentar ‘El colapso de la República’ (La Esfera), en el que reparte responsabilidades a la izquierda además de a la derecha. Con el mismo espíritu se mete en la política española actual, y critica la línea antiterrorista del Gobierno Zapatero.
Cuáles son las conclusiones de ‘El colapso de la República’, el libro que acaba de presentar, su última obra?
—Analizo especialmente los últimos seis meses, con un proceso revolucionario abierto que sirvió de acicate para el fin de la República y de la sublevación. Y ello junto con la peculiar política de Azaña y de Casares Quiroga, que no sólo se negaron a controlar a los revolucionarios, sino que les dieron alas para seguir actuando. Así fue imposible regresar a la legalidad republicana. Casi hubo una política de provocación por parte del Gobierno, cuyo fin era incitar a la sublevación militar sin querer frenarla, pensando que sería más fácil tener la situación despejada.
—¿El punto de inflexión?
—El primer punto de inflexión que sufre la República es la injerencia constante del presidente Alcalá Zamora en los hechos de gobierno y en el funcionamiento del sistema parlamentario. Cuando, por ejemplo, retiró la confianza a Azaña en el verano de 1933, fue la primera señal de que el sistema basado en la doble legitimidad no era bueno. Pero el punto de inflexión absoluto fue el asesinato de Calvo Sotelo y la falta de respuesta del Gobierno al mismo.
—¿Quiénes fueron los máximos responsables?
—Los movimientos revolucionarios izquierdistas y las derechas, que en su objetivo final no aceptaban la democracia parlamentaria, fueron elementos de choque que hicieron imposible la República. Pero los máximos responsables fueron los que detentaron el poder; Alcalá Zamora y Azaña, porque no actuaron eficazmente para controlar el proceso de los últimos meses. Aunque se puede decir, naturalmente, que los responsables son los militares que se sublevaron.
—También había polarización y grandes procesos revolucionarios en varios países europeos.
—Lo que es peculiar en España es la fuerza de los movimientos revolucionarios y la fragmentación política, que fue mayor que en otros países y, para colmo, también la fragmentación del propio Ejército, que no estaba unido en términos políticos. En otro país, ante un caso de crisis máxima como la que se estaba dando en España, hubiera intervenido el Ejército imponiendo una dictadura militar, un control autoritario. En España, la división del Ejército reflejó también la división del país. Por eso no triunfó el golpe y la sublevación derivó en guerra civil.
—¿Cómo se explica que Franco defendiera la legalidad republicana en octubre de 1934 y finalmente se sublevara en julio del 36?
—Por sorprendente que parezca, hasta julio del 36 Franco había respetado más la legalidad republicana que Manuel Azaña, que intentó en varias ocasiones formar gobiernos extraparlamentarios o que no se reconocieran los resultados de las elecciones de 1933. Quienes habían hecho las leyes no estaban dispuestos a aceptarlas si no les beneficiaba o favorecía su aplicación. Franco, incluso en su carta a Casares Quiroga de mediados de junio de 1936, intentó apoyar la legalidad republicana. Cambió definitivamente tras conocer la noticia del asesinato de Calvo Sotelo.
—¿Fueron leales con la República los partidos nacionalistas?
—El PNV no tenía mucha importancia, ni tampoco ninguna lealtad a la República. En cuanto a Cataluña, siempre ha habido dos tipos de catalanismo: uno moderado, la Lliga de Cambó, que fue muy leal con la República y una de las fuerzas políticas más constructivas, y otro radical, la Esquerra de Companys, que siempre fue más leal con las izquierdas.
—Salvando las distancias, es algo similar a lo de hoy.
—Hay mucho parecido entre la Esquerra de 2005 y la de la insurrección del 34 como fuerza radical, subversiva y no leal con la estructura constitucional de España. Éste es un partido que no ha cambiado. Convergència i Unió es el heredero de la Lliga, el catalanismo moderado, que está dispuesto a cooperar y a estabilizar el Gobierno de España, como ha hecho con Felipe González y Aznar. Es el mismo papel que jugó Cambó con la Monarquía y durante la República.
—Qué está pasando en España?
—Hay un Gobierno nuevo que tiene muchas ilusiones. Pero su afán negociador con ETA genera mucha confusión y al final una política más débil con el terrorismo. Eso está posibilitando la resurrección de una ETA más fuerte.
—¿No es muy grave hacerlo?
—Darle la mano a ETA para que se rehaga y un espacio político a través de ese nuevo grupo disfrazado [el Partido Comunista de las Tierras Vascas], cuando el Gobierno anterior había conseguido la mejor situación para controlar y dominar a los terroristas policial y judicialmente, es esencialmente y sin exagerar mucho casi una traición.
—¿No se puede cerrar el ciclo con los nacionalistas?
—El Gobierno socialista también tiene la ilusión de hacer un Estado de las Autonomías diferente, que pueda satisfacer sobre todo a los vasquistas y catalanistas radicales, pero esto sólo se puede hacer a costa de desestructurar España, haciéndola más débil, menos equilibrada y más asimétrica. Y si cree que lo podrá resolver con un Estado federal, vasquistas y catalanistas no lo aceptarán, pues siempre querrán tener una situación especial. El ciclo se podrá cerrar si se cede permanentemente a sus pretensiones, pero entonces eso será el fin de España. El nacionalismo radical es la búsqueda constante del poder y por más poder. Si se concede la autodeterminación, se pedirá la independencia, y si se otorga la independencia, se insistirá en el imperialismo, en la incorporación de Navarra, Rioja, parte de Cantabria, el norte de Burgos y las provincias vascas francesas. No hay forma de satisfacer esto. Siempre estará buscando más.
—¿Se puede tener esa posición de equilibrio con partidos cuya estrategia y objetivos son muy diferentes a los del gobierno de España?
—Es una contradicción en sus propios términos, una propuesta oximorónica. ¿Qué tipo de alianza firme se puede tener con partidos que desean la segregación, la independencia, la secesión? Es una fórmula para crear más inestabilidad en el futuro, aunque a corto plazo le ayude a conformar mayorías de izquierda. Ya se está viendo en Cataluña, donde Zapatero tiene la mano un poco forzada.
—¿Es suicida la política de romper con el PP y echarse en manos de los nacionalistas?
—España se ha mantenido con bastante unidad durante la democracia, pero la nueva política socialista no será para resucitar la guerra civil, porque las condiciones son totalmente diferentes, a pesar del lenguaje, pero sí para dividir el país al echarse en manos de los grupos más extremistas, destructivos, de los que no van a contribuir a la estabilidad y prosperidad de España.
—¿Por qué se quiere hacer una revisión de la transición reabriendo el debate de la confrontación?
—Es un intento de ensanchar el poder de los socialistas. Eliminar la estatua de Franco manteniendo las de Largo Caballero y Prieto significa mantener a los que promovieron la guerra civil, porque ellos siguieron una política de guerra civil en los meses anteriores que provocó la guerra misma. Con ese talante se mantiene un espíritu de división que, aunque no se va a provocar una guerra civil nueva, quiere recrear de nuevo el espíritu de la guerra civil, pese a que oficialmente ésa no sea la intención, pero sí que será su resultado. Una especie de ajuste de cuentas ya que no se pudo llevar a cabo en la transición, porque la izquierda participó como un elemento, pero en momento alguno fue el dominante. Y el espíritu de revancha no estuvo en los gobiernos de Felipe González, que siempre tuvo el deseo de conseguir el progreso, buscó la prosperidad y la unidad de España.

